En una isla con forma de palma existían dos pueblos separados por un río llamado El Pulgar: a un lado estaban los Diestros, que construían casas derechas, caminos derechos y hasta torres tan derechas que aburrían a los pájaros.
Al otro lado vivían los Zurdos, expertos en cambiar los nombres de todo: al lunes lo llamaban «pre-viernes emocional», a las deudas «abrazos financieros pendientes» y a las derrotas «victorias en proceso de reinterpretación».
Durante siglos convivieron en relativa paz, hasta que llegó el Gran Debate Nacional: había que decidir quién administraría el único baño público de la isla.
Los Diestros propusieron un reglamento:
—Primero, agua. Segundo, jabón. Tercero, papel. Cuarto, responsabilidad individual.
Los Zurdos protestaron.
—¡Eso es autoritario, compañeros! —gritó Zurdelio, su líder—. El jabón debe ser colectivo, el papel redistribuido y la responsabilidad disuelta por ser una construcción opresiva de la mano hegemónica.
Entonces apareció el viejo juez Dextrón, un anciano diestro con barba de profeta, guayabera blanca y bastón de roble.
—Hijos míos —dijo—, hasta en las Escrituras se habla de poner a las ovejas a la derecha y las cabras a la izquierda.
Los Diestros asintieron solemnemente.
Los Zurdos se indignaron.
—¡Eso es discriminación caprina! —gritó Zurdelio—. La diferencia entre oveja y cabra es una construcción arbitraria que el parlamento puede abolir cuando quiera.
El debate se prolongó cuarenta días y cuarenta noches. Los Diestros llevaban actas, cuentas y jabón de repuesto. Los Zurdos llevaban pancartas, canciones y una propuesta para declarar el baño «espacio libre de consecuencias».
Al final hicieron una votación. Los Diestros votaron con la mano derecha. Los Zurdos votaron con la izquierda, pero luego exigieron repetir la elección porque algunos habían levantado la mano «con insuficiente entusiasmo revolucionario».
Para resolver el conflicto, llamaron a un sabio extranjero llamado Monsieur Asamblea, que venía de Francia y siempre se sentaba según su opinión.
—Esto es sencillo —dijo—. Los que quieran conservar el baño limpio, siéntense a la derecha. Los que quieran reinventar el concepto de baño cada martes, siéntense a la izquierda.
Los Diestros se sentaron a la derecha.
Los Zurdos se sentaron a la izquierda.
Y así nació el primer parlamento sanitario de la historia.
El primer decreto de los Diestros fue simple:
«Quien ensucia, limpia.»
El primer manifiesto de los Zurdos fue más largo:
«La suciedad no existe; es una narrativa impuesta por quienes controlan el jabón.»
Durante una semana gobernaron los Zurdos. Cambiaron el letrero de «Baño» por «Centro Popular de Expresión Corporal». Repartieron el papel equitativamente, incluso entre quienes no iban al baño. Nacionalizaron el jabón. Al tercer día no quedó. Finalmente, aprobaron una ley declarando que todo mal olor era «perfume alternativo».
Al octavo día, el pueblo entero cruzó el río El Pulgar y pidió auxilio a los Diestros.
—No queremos discursos —dijo una señora tapándose la nariz—. Queremos lavarnos las manos.
Los Diestros regresaron al gobierno. No prometieron el paraíso, solo pusieron jabón, arreglaron la puerta, limpiaron el piso y colgaron un cartel:
«La libertad empieza donde cada quien tira de la cadena.»
Zurdelio, derrotado, murmuró:
—Algún día la historia nos absolverá.
El juez Dextrón le respondió:
—Puede ser. Pero mientras tanto, lávate las manos.
Y desde entonces, en aquella isla, todos podían usar la mano que quisieran. Pero el jabón, por decreto de sentido común, siempre quedaba a la derecha del lavabo.