El Ministerio de Cultura emitió una circular en febrero. La circular era breve, de un solo párrafo. Recomendaba a los cubanos no usar más el verbo robar en sentido figurado. Recordaba que robar era un antivalor, tipificado en el Código Penal, y que mantener su uso coloquial — robarle unos minutos, robarle una idea a Fidel, Cuba nos roba — degradaba el lenguaje patrio. Sugería, en su lugar, los verbos ocupar, abrazar y asumir. La circular no era obligatoria. Las circulares cubanas nunca son obligatorias.
A las dos semanas, un locutor de la radio nacional empezó la transmisión matutina con la frase: Buenos días, compañeros, permítanme asumir un minuto de su atención. La frase salió bien. Sonó moderna. Otros locutores la repitieron. A los dos meses, ya nadie en Cuba robaba tiempo a nadie. Asumían.
Las consecuencias fueron rápidas.
En los cumpleaños, cuando alguien se llevaba una porción de cake antes de la canción, los demás dejaron de decir se la robó. Decían la asumió. La porción había sido asumida; la asumida había sido la porción.
En las guaguas atestadas, cuando un pasajero metía la mano en el bolsillo ajeno, ya no se podía gritar ¡me robaron! — había que gritar ¡me asumieron!. Algunos, los más rápidos, todavía lograban señalar al asumidor. Los más lentos asumían la pérdida.
En el agromercado, los kilos de boniato que un campesino llevaba en el saco se reducían en el camino sin que nadie viera nada: alguien, en algún punto del transporte, había asumido medio kilo. Los inspectores investigaban. Los informes hablaban de asunción no autorizada de bienes patrimoniales. Las penas, naturalmente, eran distintas a las del robo. Eran menores. Asumir no era hurtar.
En los tribunales, los jueces empezaron a tener problemas. Un carterista de la Vía Blanca fue detenido con seis carteras encima. El fiscal pidió diez años por robo continuado. El abogado defensor recordó la circular del Ministerio: su cliente no había robado, había asumido. La asunción era una conducta promovida por el Estado, no penalizada. El juez consultó. Los del Código Penal no contestaron. El juez consultó otra vez. No contestaron. El juez, después de tres meses de espera, absolvió al carterista por falta de tipificación de la conducta. El carterista salió. Los compañeros del barrio lo recibieron con una caja de Cristal. Le decían el Asumido. Él, modestamente, decía que solo había sido pionero.
Para finales de año, en La Habana ya no se decía nunca robar. Se asumía todo.
El gobierno asumía la planificación. Las empresas estatales asumían la pérdida. Los compañeros del Partido asumían responsabilidades. Los emigrados asumían su prolongación territorial. Los apagones asumían el calor de las casas. Las colas asumían las mañanas enteras. La libreta asumía menos productos cada mes. Los hospitales asumían pacientes en camillas en los pasillos. La basura asumía las esquinas. Los médicos asumían cirugías con celular. Los campesinos asumían la zafra con bueyes. El régimen, sin querer queriendo, asumía la responsabilidad de todo, incluso de lo que no controlaba.
Una sola palabra había cambiado, y todo había cambiado con ella. La gente, en sus casas, hablaba en voz baja. Sabían que la palabra robar todavía existía en algún lugar — en algún diccionario viejo, en alguna frase de Martí, en algún poema antiguo. Pero ya casi nadie la decía.
Solo Cuba seguía robándoles. Pero esa palabra ya no estaba.