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Anticipo · Volumen I · Fábula 07

El Surco

Realismo seco agro

A las cinco menos diez de la mañana, Aniceto Mesa salió del bohío con una taza de café aguado en la mano y los ojos hinchados de sueño. Tenía sesenta y siete años, una camisa de mezclilla descolorida por treinta años de sol, y dos hectáreas en arrendamiento usufructuario al sur de Bayamo. La parcela estaba al borde del río Cauto. Cultivaba boniato, malanga, plátano vianda y, cuando la tierra lo permitía, un cuadro pequeño de tabaco para vender en el agromercado del pueblo.

A las cinco y cuarto enganchó a Cantor y Capricho. Eran dos bueyes pardos, hermanos, con dieciséis años entre los dos. Cantor era el más alto; Capricho el más manso. Habían pertenecido a su padre. Aniceto los había heredado en 2009, cuando se desarmó la Cooperativa de Producción Agropecuaria del Cauto, y desde entonces araban juntos cada surco.

La cooperativa había prometido tractor en 2011. Después en 2014. Después en 2017. La última vez que un tractor llegó a la zona, en 2019, fue uno solo, asignado a la finca grande del compañero Heredia, que era también el delegado de base del Partido. Aniceto no había vuelto a esperar tractor.

A las cinco y veinte entró al surco. El surco era el mismo de hacía tres semanas, pero más al sur. La tierra estaba seca. Cantor y Capricho avanzaban a paso de buey, doce metros por minuto. Aniceto guiaba el arado con la mano izquierda y, con la derecha, espantaba a las moscas que le subían a la cara desde la tierra removida. Avanzó hasta las nueve.

A las nueve y media subió por la trocha hasta el bohío. Tomó otra taza de café aguado. La cuarta del día. Se sentó en el portal y miró el cielo. No había nube.

A las diez llegó por el camino el motorista de la emisora provincial, un hombre joven con pantalón corto y micrófono inalámbrico. Se llamaba Yandro y venía a entrevistarlo para un programa especial sobre el campesinado cubano frente a la coyuntura energética. Aniceto lo escuchó. Asintió. Yandro encendió la grabadora.

—¿Cómo se siente, compañero, trabajando con bueyes en pleno siglo veintiuno?

Aniceto pensó la respuesta durante varios segundos. Yandro esperó con la grabadora extendida.

—Bien —dijo Aniceto—. Los bueyes son lentos pero son.

—¿Y le pesa que el tractor no haya llegado?

—No me pesa —dijo Aniceto.

—¿Y qué le diría usted, compañero, a quienes desde fuera de Cuba intentan presentar este momento como una crisis insuperable?

Aniceto pensó otra vez. Más rato.

—Que el surco no se hace solo —dijo.

Yandro le agradeció efusivamente, le dio la mano, le sacó una foto con el celular, y se fue por el mismo camino por el que había venido.

A las once Aniceto volvió al surco. Cantor y Capricho lo estaban esperando con la cabeza baja. Avanzó otras dos horas. Después comió. Después siguió.

A las seis de la tarde soltó a los bueyes, los llevó al abrevadero del Cauto, y los dejó beber. El sol bajaba detrás de las palmas. Aniceto se sentó en una piedra a esperarlos. El radio de la cocina, dentro del bohío, empezó a transmitir el noticiero. La voz de Yandro decía algo sobre la fortaleza del campesinado oriental frente a la guerra económica. Aniceto no estaba lo suficientemente cerca para oírlo bien, pero tampoco hacía falta.

Cuando los bueyes terminaron de beber, los llevó de vuelta a la cuadra. Después miró otra vez el cielo. Seguía sin nube.

—Mañana, si Dios quiere —dijo, sin que nadie lo escuchara.

Fin del anticipo

Quedan ocho fábulas y un glosario.

El libro entero — nueve fábulas y un pequeño glosario — sale en ePub y PDF, sin DRM, con entrega inmediata vía Gumroad.